lunes, 10 de noviembre de 2014

'El último hombre que hablaba catalán' | Carles Casajuana

La convivencia y el respeto a la diversidad


Cuando estalla un conflicto, no hay nada más adecuado para la salud mental que abstraerse y observar con imparcialidad las razones expuestas por los enfrentados. Y si uno no es imparcial porque es parte interesada en la disputa, lo mínimo que se le puede exigir es honradez para asumir errores propios y aciertos ajenos. El último hombre que hablaba catalán, la novela del diplomático Carles Casajuana (Sant Cugat, Barcelona, 1954) que he tenido la suerte de leer, trata precisamente de eso, de la convivencia entre posturas enfrentadas.


El libro tiene dos protagonistas: Miquel y Ramón, ambos escritores. Miquel es nacionalista y sostiene que la cultura y la lengua catalanas están perseguidas y son víctimas de la historia. De ahí que quiera escribir una novela situada en el futuro acerca de un profesor estadounidense que viaja a Cataluña para conocer al último hombre vivo que habla catalán como lengua materna.

Por su parte, Ramón es pragmático y no cree que el catalán esté acosado, sino que debe aceptarse que convive junto con el castellano como un hecho natural. Para él, elegir la lengua en la que se hable o se escriba no debe convertirse en un problema ni en un acto político. Los dos novelistas viven en un edificio semiabandonado atosigados y amenazados por el dueño del inmueble, que no puede hacer las obras de reforma que quiere debido a la insistencia de Ramón en no dejar su piso.

Carles Casajuana acierta al tratar con ironía y humor una polémica en la que se mezclan lengua, política y sentimientos. Pero, además, aborda el asunto con equidad. No es que no se posicione, sino que se arriesga a defender ambas posturas a través de los dos protagonistas. Es fácil entender (no compartir, sino entender) las razones de Miquel y de Ramón porque el autor exhibe a través de ellos el argumentario completo de razones a favor y en contra de considerar el catalán como una lengua asediada.

Aparte de tener esta vertiente política, El último hombre que hablaba catalán es una novela entretenida, es ficción, pasan cosas como el asedio (esto sí que es un asedio se mire por donde se mire) de Soteras, el propietario del edificio, para expulsar a Ramón del piso. Y también surgen triángulos amorosos que mantienen la atención del lector, además del humor, que no consiste aquí en soltar carcajadas, sino en tomarse el asunto con humor, con buen humor.

Recomiendo esta novela de Carles Casajuana porque no es un panfleto que promueve una postura u otra, sino que las muestra tal y como son, sin inclinarse por ninguna, o mejor dicho, tomando partido por las dos. El último hombre que hablaba catalán demuestra que es posible convivir no ya en un país, ¡sino en la misma casa! con gente que piensa distinto de nosotros. Porque, disputas lingüísticas o políticas aparte, Ramón y Miquel tienen problemas muy parecidos porque solo son personas que discuten cuando tienen que hacerlo, pero también cooperan cuando la situación lo requiere sin que nadie gane ni pierda.

El último hombre que hablaba catalán (2009), de Carles Casajuana. Título original: L'últim home que parlava català. Traducido por el propio autor. 216 páginas. Yo he leído la edición de Planeta.

¿Has leído esta novela? ¿Qué opinas de lo que cuenta? Puedes dejar tu comentario más abajo o en mi cuenta de Twitter: @jescolart. ¡Gracias por leer la reseña y compartir!

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